Matate, amor entra de lleno en un tipo de relato que, personalmente, ya me tiene agotado: historias centradas en mujeres definidas casi exclusivamente por su malestar en vínculos con hombres. Puede ser un problema de conexión personal, no lo descarto, pero el efecto es siempre el mismo: aburrimiento.
Las actuaciones son descollantes, no hay discusión ahí. El problema está en el guion, que insiste en un tono monocorde, pesado y autorreferencial, sin encontrar variaciones ni tensión real. La película confunde intensidad con reiteración y termina convirtiendo el conflicto en un ejercicio de desgaste para el espectador.
El resultado es un film bien actuado pero asfixiante, que en lugar de incomodar o interpelar, cansa. Más que provocarme una reacción emocional, me dejó con la sensación de estar atrapado en una idea que se repite hasta el hartazgo.
