En la flojísima Una batalla tras otra queda claro lo que pasa cuando el anticapitalismo se filma desde Beverly Hills
Me da lástima este devenir de Paul Thomas Anderson en un yanqui millonario con “conciencia social” que necesita liberarse de culpas y convencerse de que está despertando conciencias.
Sus películas suelen tener personajes interesantes y bien construidos. En Una batalla tras otra se nota que toca de oído para seguir la corriente. Caricaturiza a un grupo terrorista mostrándolo como torpe, con misiones que parecen sacadas de un capítulo de Maxwell Smart con su zapatófono. Los retrata como idealistas ingenuos, poco formados, que pretenden cambiar el mundo con una plataforma que parece escrita por un adolescente que empieza a cuestionar el capitalismo a los doce años.
A eso le suma una trama conspirativa digna de un manual sobre los Illuminati donde hay grupos de poder malísimos, sin matices, reunidos en bunkers a hacer cosas de gente malísima, también sin matices. Si algún ex tupamaro ve esta película, se le va a reír en la cara. Sería graciosa si se asumiera como caricatura al estilo Doctor Strangelove. Pero no, se toma demasiado en serio, convencida de que hace una gran denuncia cuando no pasa de ser el titular de un grupo de Facebook conspiranoico lleno de viejos votantes de Gustavo Salle. El peor ejemplo de esto es el muy básico personaje de Sean Penn, donde si en lugar de él, que tiene la capacidad de revitalizar cualquier guion mediocre, lo hubiera hecho otro más mediocre, se expondrían todas las fallas.
Abusa de aparatos muy sofisiticados que aparecen convenientemente para resolver problemas dificiles. El final es innecesariamente largo e inverosímil. No lo voy a spoilear, pero con el tiempo nos vamos a reír de lo insólito que es pensar que algo así pueda ser posible, sin reírnos.
Ya cansa este sermón de los yanquis con culpa que, desde la comodidad de Hollywood, pretenden dar clases de moral anticapitalista al mundo solo porque odian a Trump actuando como si antes Obama hubiera sido una especie de Salvador Allende y no hubiera existido el Plan Cóndor.
Si los yanquis quieren hacer críticas sociales porque recién ahora con Trump descubrieron que el mundo que construyeron es una porquería, que empiecen por escribir guiones con ideas propias y no personajes planos de adolescente vago
