Marty Supremo sigue a Marty, un joven carismático que parece capaz de adaptarse y destacarse en cualquier situación que se le cruce: vendedor de zapatos, deportista, seductor, estafador, amigo confiable. La película lo acompaña en una sucesión de episodios que buscan construir el retrato de un personaje siempre en movimiento y adelantado en todo.
El problema es que ese retrato se construye desde el desorden permanente. El guion avanza como si estuviera escrito todo con comas, sin puntos ni cortes claros que separen escenas o párrafos. Las situaciones se amontonan unas sobre otras, sin pausa, sin respiro y sin desarrollo. En pocos minutos pasamos de ver al protagonista como vendedor de zapatos a convertirlo en un genio del ping pong. En la escena siguiente juega el mejor partido de su vida. Luego sale de joda con un amigo y se muestra como un manipulador hijo de puta. Más adelante ya está de viaje, seduciendo a una famosa por teléfono y funcionando como una especie de don Juan. Después intenta estafar gente, automáticamente después se lo presenta como un intento de buen amigo y en la escena siguiente nos enteramos de que está peleado con la madre, pero nunca queda claro por qué ni nos importa, limitándola a una figura decorativa que en lugar de Fran Drescher podría haber sido interpretada por cualquier otra y daba lo mismo.
Todo pasa sin orden ni jerarquía, como si los guionistas estuvieran corriendo una carrera para pasarse la posta sin un objetivo claro, donde no importa si las historias cierran o no, ni si los personajes secundarios tienen una personalidad definida. La película parece pedirnos que disfrutemos del viaje como si se tratara de una lluvia de ideas que nunca termina de bajar a tierra.
El problema no es el caos en sí, que puede ser una decisión estética válida. Muchos escritores, especialmente dentro del realismo sucio (como Raymond Carver, Pedro Juan Gutiérrez o Charles Bukowski) han trabajado desde ese lugar. La diferencia es que allí el desorden convive con una mirada clara sobre los personajes. En Marty Supremo, ese caos se traslada también a todos los personajes secundarios. No hay ninguno verdaderamente relevante. Ninguno aporta algo concreto para que la historia avance. No solo sabemos muy poco de ellos, sino que cuando parece que alguno podría llegar a contar algo que permita generar empatía, la película opta por seguir adelante con esa falsa carrera constante. No importa cuál era el eje de interacción entre el protagonista y los demás: se generan pequeñas subhistorias con personas que no importan y que tampoco tienen una personalidad definida al cien por ciento porque fueron creados únicamente para destacar la actuación del protagonista.
Es evidente que su director Josh Safdie viene viendo cine intenso desde hace años. En su lista de películas favoritas figura Goodfellas y él mismo ha citado a Martin Scorsese, William Friedkin o Brian De Palma como influencias para su obra. El problema es que cuando esos directores utilizan un estilo frenético lo hace con una profundidad psicológica muy clara, poniendo a sus personajes al límite para que entendamos y sintamos los cambios abruptos en sus decisiones. Acá eso no sucede. A pesar de la energía constante, la película no transmite ese mismo peso emocional. Lo que queda es una especie de Scorsese sin alma, un estilo sin profundidad, “como un pelo sin frizz”, diría El Cuarteto de Nos, donde los personajes secundarios son tan débiles que nadie logra destacarse con lo poco que les da el guion. El protagonista, interpretado por Timothée Chalamet, se lleva todos los reflectores, pero incluso así el guion no le permite ir mucho más allá de mostrarse como alguien carismático.
Lo único que me parece positivo es que hay una crítica solapada a la idea del sueño americano, porque a pesar de tratarse de ping pong, un deporte menor, el protagonista está totalmente convencido de que siendo el mejor en eso todas las otras áreas de su vida automáticamente se arreglan, como sucede en la economía de mercado
